Ahora, imaginad la memoria

Una leucemia perversa se aupó en las alas de la fuerza y la juventud de Josu para precipitar, muy a destiempo, su destino mortal. Sin ningún miramiento a su denodada lucha y la de toda su familia, se cumplió la implacable sentencia de Stefan Zweig de que “nadie es demasiado joven como para no poder morir en cualquier momento”.

Apenas unos días antes, sus amigos habían grabado un video lleno de esperanza, ánimo e ilusión. Cuando lo vi, deseé con todas mis fuerzas que ese video se convirtiera en un buen recuerdo del futuro. Imaginé a toda la cuadrilla, incluyendo a Josu, repasando esas imágenes dentro de muchos años, cuando todos fueran ancianos. Llegué a fantasear con sus conversaciones e, incluso, me pareció oír el eco de sus risas y de su alegría por haber podido avanzar en la vida, todos juntos y sin excepción, hasta dejar la experiencia de la enfermedad en un lugar lejano y pequeño de la memoria.

Ahora, todo ha cambiado. Josu siempre tendrá 17 años.

Y, sin embargo, su memoria puede seguir creciendo. Habrá muchas ocasiones en las que sus seres queridos divagarán sobre lo que habría hecho, lo que habría dicho, qué estudiaría, en qué trabajaría… Si pudiéramos juntar todas esas imaginaciones, obtendríamos, prácticamente, la memoria de la vida de Josu. Da lo mismo que sea inventada. Al fin y al cabo, nosotros también confundimos hechos con recuerdos, porque nuestra memoria los transforma hasta convertirlos, prácticamente, en una fábula.

Hoy, el video que le dedicaron sus amigos tiene otro significado. La ausencia de Josu transformará los recuerdos. Ahora, también puedo seguir imaginándolos a ellos repasando esas imágenes dentro de muchos años. Pero creo que, entonces, cuando hablen de Josu, no sólo tendrán recuerdos de su vida junto a él, sino también sobre la parte de la vida en la que va a estar ausente. Será obra de la imaginación, pero, para una memoria, eso carece de importancia.

Josu nunca será anciano, pero su memoria, sí.

La memoria creativa

A ciertas alturas de la vida, casi todo el mundo se da cuenta de que la memoria tiene una capacidad creativa y transformadora. Ya nunca volveremos a conocer la realidad que vivimos en el pasado tal y como fue, pero, a cambio, podremos adornar, solapar e, incluso, apropiarnos de los recuerdos de otros como si fueran nuestros. Es muy común esa sensación de no saber, a ciencia cierta, si algo que nos ocurrió en la infancia, es realmente un recuerdo propio o un producto de la imaginación a partir de lo que que nos han contado nuestros padres. Sea como fuere, hay ocasiones en las que esa memoria creativa logra alzarse sobre la realidad con el vuelo majestuoso de la literatura.

En su ensayo ‘La ficción de la memoria: Juan Rulfo ante la crítica’, Federico Campbell indaga sobre esta función creativa en la obra del autor de ‘Pedro Páramo’.

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Golpe de reminiscencia

En esta canción de su último disco en solitario, Ben Watt dedica al olvido el tema ‘Forget’. Pero, tal y como él mismo afirma en el estribillo, nunca podemos olvidar del todo. De hecho, desde que me he enterado que cantará en la Alhóndiga de Bilbao, este viernes 13, no hago más que recordar.

Ben Watt es el integrante masculino del dúo británico Everything but the girl, lo cual me lleva irremediablemente a los años noventa, cuando su álbum ‘Amplified Heart’ formaba parte de la banda sonora de mi vida. En aquel entonces, la canción ‘Missing’ ya era un himno a la forma más intensa de recordar, puesto que versaba sobre alguien que echaba de menos a otra persona ‘tal y como los desiertos echan en falta el agua’.

Al igual que los olores, sabemos que la música es un potente recurso de la memoria. Si lo dijéramos más científicamente, la música activa amplias áreas del cerebro, entre las que se encuentra la zona límbica, relacionada con las emociones. Por eso, la música da forma a nuestros recuerdos autobiográficos y activa lo que se llaman ‘golpes de reminiscencia’.

Ahora sé que cuando escuche a Ben Watt otra vez, no sólo disfrutaré del preciso instante en que suene su voz, sino que, al mismo tiempo, ya estaré instalando en mi memoria un nuevo interruptor capaz de rescatar las emociones asociadas a ese momento. Es decir, Ben Watt me ayudará a recordarme a mí misma dentro de unos años, tal y como esta mañana me ha hecho recordar la joven que fui.

El ovillo de la memoria

Cada vez que compartimos nuestros recuerdos con otros, sucede algo en el presente. Se parecen a aquellos ovillos de lana que servían para tejer varios jerséis sucesivos. La lana era la misma, pero las prendas eran distintas. A veces, una lana vieja se mezclaba con otra nueva y, de esa manera, el pasado seguía formando parte de una prenda de abrigo para el presente. Cuando recordamos junto a otros, estamos haciendo lo mismo. Al destejer nuestra memoria, la ponemos a disposición de otros para que se incluya en el tiempo contemporáneo.

Así lo ha hecho @LazaroElena hace pocos días con motivo del fallecimiento de su abuela (D.E.P). Al recordarla, nos la ha traído al presente, donde aún quedan muchas cosas de ella. Sin ir más lejos, ahora yo sé cosas de una mujer a la que no conocí. A través de los recuerdos de su nieta, casi me puedo hacer una idea de toda una vida hasta ahora inalcanzable para mí. Puedo añadir su historia y sus experiencias a otras que he escuchado de personas de la misma época y, de esa manera, puedo ampliar mis impresiones, mis juicios y mis sentimientos sobre un tiempo que sólo he vivido a través de la memoria de otros. Pero no sólo eso. Al mismo tiempo, la nieta Elena también tiene recuerdos propios de la relación con su abuela, de manera que, con la lana que ha aportado cada una, nos ha quedado a todos un bello jersey para afrontar el más frío invierno.

Post de Elena Lázaro con motivo de la muerte de su abuela

El Holocausto, huella imborrable de la memoria

El holocausto fue uno de los acontecimientos históricos que dejó una de las huellas más imborrables en nuestra memoria. En su declive, el régimen nazi trató de borrar esas huellas, porque no conforme con aniquilar a millones de personas, quiso, también, destruir las pruebas de su ignominia. En la película ‘Shoah’, de Claude Lanzmann, uno de los supervivientes cuenta cómo los nazis plantaron bosques allí donde antes habían quemado a la gente para ocultar sus crímenes en masa. Dado que todas las hipérboles del lenguaje se quedan cortas para describir aquel ejercicio del mal absoluto, Lanzmann se decanta por las palabras justas para la evocación.

Como dijo Simone de Beauvoir, “ni mera ficción, ni estricto documento, Shoah logra esta recreación del pasado con una impresionante economía de medios: lugares, voces, rostros. El gran arte de Claude Lanzmann consiste en hacer hablar a los lugares, resucitarlos a través de las voces y, más allá de las palabras, expresar lo indecible mediante los rostros. El montaje de Claude Lanzmann no obedece a un orden cronológico; yo diría –si se puede emplear esta palabra a propósito de esto– que es una construcción poética. Nunca jamás hubiera podido imaginar semejante alianza entre el horror y la belleza. Desde luego, la segunda no es capaz de ocultar al primero, no se trata de esteticismo: al contrario, ella la ilumina con tal inventiva y con tal rigor, que podemos darnos cuenta de que estamos contemplando una gran obra. Una obra maestra en estado puro.”

Ahora que, en torno al 27 de enero, conmemoramos el Día Internacional de las Víctimas del Holocausto, es una buena ocasión para ver esta película que nos pone frente a la humanidad de los desaparecidos, de los supervivientes e, incluso, de los cómplices y verdugos. Aunque ahora tengamos la tendencia a identificarnos sólo con las víctimas y su sufrimiento, la realidad es que millones de personas consideradas ‘normales’ participaron con su acción o su omisión en aquella industrialización del asesinato selectivo. Hoy, nuestra obligación moral es guardar la memoria de las víctimas, pero, al mismo tiempo y sobre todo, vigilar que nuestras acciones u omisiones no formen parte de esa banalidad del mal sobre la que teorizó Hannah Arendt para evitar convertirnos en cómplices y verdugos de nuestros semejantes.

Loreak, la rebelión contra el olvido

Sitio oficial de la película Loreak

Todos hemos visto alguna vez flores que recuerdan la pérdida de vidas en la carretera. También llevamos flores a nuestros seres queridos en el cementerio como homenaje a su memoria. E, incluso, se las enviamos a seres vivos para recordarles que no les olvidamos y, al mismo tiempo, para que no nos olviden y nos tengan presentes. La película Loreak, de Jon Garaño y José Mari Goenaga, narra una de esas historias en la que las flores simbolizan el recuerdo de una persona desaparecida. Y no se trata sólo de mantener la memoria como si fuera una reliquia, un residuo o un resto arqueológico, sino de cómo su influencia sigue produciendo significados en el presente de los vivos. Sí, muchas veces, hemos visto flores en la carretera y, aunque no conociéramos a la persona que perdió allí la vida, la simple visión de esas flores nos ha hecho imaginar cómo sería esa existencia perdida. Y esa imaginación ya no es memoria, sino novedad, una experiencia nueva y original que se nos suscita a través de unas flores como símbolo de la memoria.

La identidad se nutre de memoria

Si nos encontráramos con el joven que fuimos, lo veríamos como una persona distinta a la que somos en el presente. Puede que ni lo reconociéramos. De hecho, si no tuviéramos memoria, lo dejaríamos pasar de largo sin saludarle siquiera. Alguien que viviera sólo el momento presente, no sabría quién es. A lo largo de nuestra vida, pueden cambiar circunstancias, pareceres e, incluso convicciones morales, pero todos sabemos lo que hemos sido y pensado y las causas de nuestras evoluciones y transformaciones. De ese modo, la memoria se convierte en hilo conductor de la identidad. En caso de no tenerla, seríamos un ser recién nacido cada día.

La enfermedad del Alzheimer consiste, prácticamente, en eso. Mañana, se estrena en España la película ‘Still Alice’ (titulada aquí ‘Siempre Alice’). Según las críticas, lo más destacable de la obra es la interpretación portentosa de la protagonista, Julianne Moore. Su personaje quiere aprovechar cada momento, porque siente que “tal vez sea el último año que soy yo misma”. La pérdida de memoria se lleva la identidad de la persona. Pero, cuando aún hay tiempo, sus seres queridos pueden hacer cosas por preservarla: escuchar, fotografiar, filmar, escribir… Todo lo que sea posible para recordar aquella identidad de la persona, antes de que el Alzheimer la convirtiera en otra.

¿Prestamos más atención a la memoria de las piedras que a la de las personas?

Visitamos y conservamos castillos, murallas, catedrales y puentes. Los admiramos y les damos valor, porque nos hablan del pasado. Reconstruimos relatos de otras épocas a través de la literatura y del cine. Las novelas y las series históricas nos gustan, porque nos hablan del pasado.

Y, sin embargo, no prestamos tanta atención a las personas que nos pueden hablar, de primera mano y con mayor riqueza, de nuestro pasado cercano. ¿Por qué prestamos más atención a las cosas que a las personas? ¿por qué utilizamos el pasado como entretenimiento y despreciamos un relato verdadero de sus emociones y motivaciones?

En el blog http://www.aitorurrutia.eu hay un interesante post sobre la promoción de la transmisión del patrimonio cultural y social de las personas mayores a las nuevas generaciones. Especialmente interesante es el video con la disertación del profesor Imanol Zubero sobre

a) la dificultad de la transmisión, porque vivimos en una sociedad aceleradísima que mira siempre hacia adelante y poco hacia atrás.

b) la necesidad de transmitir, porque, si no, la sociedad no funcionaria; y

c) las posibilidades de transmisión.

http://www.aitorurrutia.eu/2014/11/iii-encuentros-intergeneracionales-hartu-emanak/#comment-3292

La función de la memoria tras los conflictos violentos

En este artículo, publicado en El Correo y Diario Vasco, repaso algunas actitudes institucionales y personales frente a la memoria de la violencia que sufrieron a lo largo de más de cuatro décadas el País Vasco y Navarra.

20141117-Lluvia de Vichy sobre Euskadi

Un espacio digital donde madres e hijas guardan la memoria de su paso por el siglo XX

La profesora de la Universidad de Nueva York, Arancha Borrachero ha creado un espacio digital (www.mujerymemoria.org) para recuperar y difundir la memoria histórica de la mujer del siglo pasado mediante la visión de madres e hijas.

Hijas de la transición entrevistan a sus madres, crecidas durante el franquismo

A partir del minuto 18:00, se puede escuchar la entrevista que le hicieron en la cadena SER para explicar el proyecto.

Arancha Borrachero: “no hay conocimiento de nuestro pasado reciente entre la gente joven”.