La evocación del silencio

Aprender la lengua materna es muy fácil. Todas las palabras están unidas a hechos y emociones que se quedan prendidos a la intimidad de su significado. Sin embargo, cuando aprendemos una lengua ajena, la memoria es el único recurso para el conocimiento de las palabras. Sólo si hacemos una inmersión lingüística, podremos poner carne al hueso aprendido de las palabras, y dotarlas de vida y experiencia propias.

La historia es como una lengua extranjera. Somos capaces de conocerla de memoria, pero imposible que podamos asociar a ella algún sentimiento. Narraremos la batalla de las Termópilas o la Toma de la Bastilla, pero nuestras sensaciones serán distantes y producto de lo que nuestra imaginación sea capaz de recrear. En cambio, cuando hemos vivido hechos históricos, como la caída del Muro de Berlín o los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, por ejemplo, poseemos también toda la intensidad de la experiencia. Es entonces cuando no sólo podemos recordar, sino evocar. Al igual que la lengua materna, la memoria evocable es la verdadera patria del ser humano.

Decía Carlos Castilla del Pino que “lo dramático de algunas evocaciones es que no pueden ser contadas a falta de palabras. En ocasiones, hay un décalage entre lo vivido y lo contado, hasta el punto que contar es reconocer simultáneamente nuestro fracaso como narrador”. Suele ocurrir en situaciones de extremo sufrimiento. Todas las palabras nos parecen insuficientes para describir la profundidad de lo que se ha padecido.

Quiero aprovechar este ocho de mayo, cuando se cumple el vigésimo aniversario del secuestro de José María Aldaya, para evocar aquellas concentraciones silenciosas en las que sus hijos sostenían la pancarta mientras les lanzaban toda clase de improperios, como ‘Gora ETA militarra’, ‘Hoy tú de negro, mañana tú familia”, ‘Los asesinos llevan lazo azul’ o ‘Zuek ere txakurrak zarete’. Aquellos hechos forman parte ya de la historia, pero aún estamos vivos los que podemos evocarlos. El problema es que, como siempre que el ser humano se enfrenta con su propio abismo, faltan las palabras para abarcarlo. Nos quedan las imágenes y el silencio. El mismo silencio que fue expresión de libertad entonces puede ser, hoy, el de un espectador estupefacto.

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