¿Por qué recordamos cosas que no sucedieron?

La capacpendriveidad de almacenamiento de la memoria humana es insignificante. Nuestro cerebro tiene una memoria con una capacidad que supera por muy poco un pendrive de los pequeños, según Fabricio Ballarini.

Entrevista a Fabricio Ballarini, investigador en el Laboratorio de Memoria del Instituto de Biología Celular y Neurociencias Dr. De Robertis

 

 

 

Tesoros inesperados de la memoria

De la misma manera que la hierba es capaz de hacerse hueco para crecer entre el asfalto, la memoria humana también es persistente a la hora de anidar incluso entre los resquicios de la más avanzada tecnología. La historia que escribió Charles Ornstein es un hermoso ejemplo. El halló un tesoro inesperado y lo contó en la estación de radio npr.org, el pasado 25 de mayo. Ahora, me he tomado el atrevimiento de traducir sus palabras al castellano, porque merece la pena ver cómo la memoria es nuestra gran oportunidad para seguir comunicándonos, incluso en conversaciones triviales, con quienes ya no están.

 

‘Besos a todos’: los mensajes de voz sobreviven a quienes los pronunciaron

Durante años, el buzón de mensajes de voz de mi madre era como el de tantas otras.

‘Hola, soy mamá’, empezaba y, luego, esa auténtica madre judía seguía charlando con el timbre grave que la distinguía. ‘Han anunciado una tormenta por dónde tú vienes… Por favor, conduce con cuidado… Un beso. Adiós’.

Es la clase de mensaje a la que no prestaba mucha atención- si es que llegaba a escucharlo. Pero, tres meses después de que pronunciara esas palabras, mi madre murió en un hospital a las afueras de Detroit. Desenterré ese y otros mensajes de ella cuando estaba fisgando en la memoria caché de la papelera del iPhone, que me dejó asombrado y agradecido por esa capacidad inesperada para preservar la voz.

Atesoro muchos recuerdos de mi madre, que murió este mes  hace dos años. Me encantan los certificados de naturalización de cuando sus padres se convirtieron en ciudadanos americanos. Guardo vajillas, copas, y fotografías desde cuando ella era niña hasta con mis hijos. Por supuesto, también puedo verla en los videos de mi Bar Mitzvah y de mi boda. Pero, por alguna extraña razón, es a los mensajes de voz –esos instantes espontáneos de la vida diaria- a los que recurro más a menudo. 

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Escucho a esa madre judía vigilante y protectora, incluso aunque yo ya hubiera formado mi propia familia y viviera a cientos de kilómetros. Una madre siempre dispuesta a compartir alguna historia jugosa (‘Estaba viendo el telediario y han hablado sobre otro tipo loco de esos en New Jersey’… dijo en un mensaje). Una madre que llamaba cada pocas horas, desbordante de nervios, cada vez mi familia y yo hacíamos un viaje de diez horas desde New Jersey para ir a visitarles a ella y a mi padre. Una madre que se debilitaba progresivamente a medida que avanzaba su Parkinson.  (‘Charlie, te tengo que pedir un favor… Te llamo luego. Te quiero. Besos a todos’).

Había encontrado los mensajes casi por casualidad. Estaba escuchando los mensajes de condolencias de mis amigos y di con una de esas llamadas terrenales de mi madre. Entonces, me di cuenta de que mi smartphone era realmente inteligente –requería una segunda confirmación antes de enviar los mensajes al éter. Había hallado un tesoro de recuerdos verbales.

Me sorprendió que los teléfonos se hayan convertido en los nuevos libros de memorias. A diferencia de las fotografías que capturan el aspecto que teníamos en segundo curso o nos recuerdan nuestro 21 cumpleaños, los mensajes de voz –tal vez por su abstracción de la imagen- capturan nuestra esencia en diferentes momentos de la vida. La falta de malicia de mi hijo de cinco años cuando pide que le devuelvas la llamada. El capricho de mi hijo de ocho años con nuestros equipos deportivos. La voz cada vez más débil de mi madre.

Generalmente, solemos borrar los mensajes de los contestadores automáticos, pero los teléfonos nos permiten, tal vez sin darse cuenta, llevar muchos recuerdos siempre encima.

Cuando actualicé, recientemente, el iPhone, salvé los mensajes con una grabadora digital de voz, porque nos los quiero perder jamás.

Un día antes de que el corazón de mi madre se parara inesperadamente y la dejara en un coma del que nunca se volvió a recuperar, llamó al móvil de mi padre desde la habitación de urgencias donde la habían ingresado con un fuerte resfriado. Era antes del  amanecer. ‘Hola. Te quiero. Son las cinco y media. No he podido dormir, pero te quiero. Cuídate, por favor.  Adiós’.

Resulta evocador escuchar esas palabras. Me pregunto si ella sabía que su fin estaba cerca.

Por desgracia, tuve que volver a pasar la misma travesía cuando mi padre murió de repente, cuatro meses después de mi madre.

‘Hola a todos. Shabbat Shalom. Soy papá O, desde Michigan. Bueno, de momento, adiós’, decía mi padre con su voz suave y amable que aún nos transmite amor desde ese mensaje que, inexplicablemente, no habíamos borrado del contestador automático.

Cuando escucho el mensaje de mi padre en el móvil, oigo al hombre discreto y cariñoso que siempre preocupaba por los demás mientras desatendía sus propios problemas de salud (‘No sé a qué hora llegarás a casa. Que tengas buen viaje y llámame cuando ya estés en New Jersey’). Escucho al padre que siempre nos hacía poner los ojos en blanco y que bromeaba de buena gana con su obstinación en anotar el instante preciso de sus llamadas -‘1:33 y media’-, a pesar de que el teléfono ya dejaba registradas tanto la hora como la identidad de la llamada.

Al igual que los mensajes de mi madre, los de mi padre también constituyen la crónica de su lenta marcha hacia la muerte, que supuso un fin abrupto de nuestras llamadas diarias (a menudo, en el momento álgido del trabajo, cuando yo no tenía mucho tiempo para cháchara), y, ahora, los atesoro. En sus últimas semanas de vida, le habían amputado un dedo y, poco después, todos los dedos de un pie por complicaciones con su diabetes.

‘Ya sabes que tengo un dedo menos, pero me preocupa más el pie’, dijo en un mensaje. ‘De todas formas, lo llevo bien. Vale, adiós’.

Ocho días antes de que muriera, me dejó el que sería su último mensaje: ‘Parece que todo va bien’, dijo al final. ‘Bueno, adiós’.

Hasta la muerte de mis padres, no me había dado cuenta del poder de los mensajes de voz y del contestador automático. Para ser honesto, no me lancé a escuchar los mensajes enseguida y, dado que no me ponían en contacto con nadie vivo, podría haberlos pasado a mensajes de texto o mails.

De hecho, no me sorprendería que los mensajes de voz desaparecieran más pronto que tarde. Coca-Cola anunció en diciembre que va a eliminar el sistema de correo de voz en su sede de Atlanta ‘para simplificar los métodos de trabajo e incrementar la productividad’.  A cambio, los usuarios son invitados a intentarlo de intentarlo de nuevo más tarde o de probar a través de ‘una vía alternativa’.

Parece una decisión razonable desde el punto de vista del negocio, pero, desde una perspectiva personal, puedo decir que los mails y textos de mis padres no me hacen evocar las mismas resonancias emocionales que el sonido de sus voces.

Mis padres perduran de muchas maneras.

Pero la mayoría de ellas no me caben en el bolsillo. Y los mensajes de voz, sí.

Más de una vez, he detenido el coche en el arcén, he sacado el móvil y he escuchado sus mensajes uno por uno.

Me maravilla comprobar cómo las cosas que más adoro de mis padres son aquellas que nunca hubiera imaginado.

Charles Ornstein

Quien haya llegado hasta aquí en su lectura, seguro que está deseando, con razón, escuchar esas voces. Ahí dejo el enlace

Texto en inglés y podcast de Charles Ornstein y sus padres

Ahora, imaginad la memoria

Una leucemia perversa se aupó en las alas de la fuerza y la juventud de Josu para precipitar, muy a destiempo, su destino mortal. Sin ningún miramiento a su denodada lucha y la de toda su familia, se cumplió la implacable sentencia de Stefan Zweig de que “nadie es demasiado joven como para no poder morir en cualquier momento”.

Apenas unos días antes, sus amigos habían grabado un video lleno de esperanza, ánimo e ilusión. Cuando lo vi, deseé con todas mis fuerzas que ese video se convirtiera en un buen recuerdo del futuro. Imaginé a toda la cuadrilla, incluyendo a Josu, repasando esas imágenes dentro de muchos años, cuando todos fueran ancianos. Llegué a fantasear con sus conversaciones e, incluso, me pareció oír el eco de sus risas y de su alegría por haber podido avanzar en la vida, todos juntos y sin excepción, hasta dejar la experiencia de la enfermedad en un lugar lejano y pequeño de la memoria.

Ahora, todo ha cambiado. Josu siempre tendrá 17 años.

Y, sin embargo, su memoria puede seguir creciendo. Habrá muchas ocasiones en las que sus seres queridos divagarán sobre lo que habría hecho, lo que habría dicho, qué estudiaría, en qué trabajaría… Si pudiéramos juntar todas esas imaginaciones, obtendríamos, prácticamente, la memoria de la vida de Josu. Da lo mismo que sea inventada. Al fin y al cabo, nosotros también confundimos hechos con recuerdos, porque nuestra memoria los transforma hasta convertirlos, prácticamente, en una fábula.

Hoy, el video que le dedicaron sus amigos tiene otro significado. La ausencia de Josu transformará los recuerdos. Ahora, también puedo seguir imaginándolos a ellos repasando esas imágenes dentro de muchos años. Pero creo que, entonces, cuando hablen de Josu, no sólo tendrán recuerdos de su vida junto a él, sino también sobre la parte de la vida en la que va a estar ausente. Será obra de la imaginación, pero, para una memoria, eso carece de importancia.

Josu nunca será anciano, pero su memoria, sí.

La memoria creativa

A ciertas alturas de la vida, casi todo el mundo se da cuenta de que la memoria tiene una capacidad creativa y transformadora. Ya nunca volveremos a conocer la realidad que vivimos en el pasado tal y como fue, pero, a cambio, podremos adornar, solapar e, incluso, apropiarnos de los recuerdos de otros como si fueran nuestros. Es muy común esa sensación de no saber, a ciencia cierta, si algo que nos ocurrió en la infancia, es realmente un recuerdo propio o un producto de la imaginación a partir de lo que que nos han contado nuestros padres. Sea como fuere, hay ocasiones en las que esa memoria creativa logra alzarse sobre la realidad con el vuelo majestuoso de la literatura.

En su ensayo ‘La ficción de la memoria: Juan Rulfo ante la crítica’, Federico Campbell indaga sobre esta función creativa en la obra del autor de ‘Pedro Páramo’.

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Golpe de reminiscencia

En esta canción de su último disco en solitario, Ben Watt dedica al olvido el tema ‘Forget’. Pero, tal y como él mismo afirma en el estribillo, nunca podemos olvidar del todo. De hecho, desde que me he enterado que cantará en la Alhóndiga de Bilbao, este viernes 13, no hago más que recordar.

Ben Watt es el integrante masculino del dúo británico Everything but the girl, lo cual me lleva irremediablemente a los años noventa, cuando su álbum ‘Amplified Heart’ formaba parte de la banda sonora de mi vida. En aquel entonces, la canción ‘Missing’ ya era un himno a la forma más intensa de recordar, puesto que versaba sobre alguien que echaba de menos a otra persona ‘tal y como los desiertos echan en falta el agua’.

Al igual que los olores, sabemos que la música es un potente recurso de la memoria. Si lo dijéramos más científicamente, la música activa amplias áreas del cerebro, entre las que se encuentra la zona límbica, relacionada con las emociones. Por eso, la música da forma a nuestros recuerdos autobiográficos y activa lo que se llaman ‘golpes de reminiscencia’.

Ahora sé que cuando escuche a Ben Watt otra vez, no sólo disfrutaré del preciso instante en que suene su voz, sino que, al mismo tiempo, ya estaré instalando en mi memoria un nuevo interruptor capaz de rescatar las emociones asociadas a ese momento. Es decir, Ben Watt me ayudará a recordarme a mí misma dentro de unos años, tal y como esta mañana me ha hecho recordar la joven que fui.

El ovillo de la memoria

Cada vez que compartimos nuestros recuerdos con otros, sucede algo en el presente. Se parecen a aquellos ovillos de lana que servían para tejer varios jerséis sucesivos. La lana era la misma, pero las prendas eran distintas. A veces, una lana vieja se mezclaba con otra nueva y, de esa manera, el pasado seguía formando parte de una prenda de abrigo para el presente. Cuando recordamos junto a otros, estamos haciendo lo mismo. Al destejer nuestra memoria, la ponemos a disposición de otros para que se incluya en el tiempo contemporáneo.

Así lo ha hecho @LazaroElena hace pocos días con motivo del fallecimiento de su abuela (D.E.P). Al recordarla, nos la ha traído al presente, donde aún quedan muchas cosas de ella. Sin ir más lejos, ahora yo sé cosas de una mujer a la que no conocí. A través de los recuerdos de su nieta, casi me puedo hacer una idea de toda una vida hasta ahora inalcanzable para mí. Puedo añadir su historia y sus experiencias a otras que he escuchado de personas de la misma época y, de esa manera, puedo ampliar mis impresiones, mis juicios y mis sentimientos sobre un tiempo que sólo he vivido a través de la memoria de otros. Pero no sólo eso. Al mismo tiempo, la nieta Elena también tiene recuerdos propios de la relación con su abuela, de manera que, con la lana que ha aportado cada una, nos ha quedado a todos un bello jersey para afrontar el más frío invierno.

Post de Elena Lázaro con motivo de la muerte de su abuela

Loreak, la rebelión contra el olvido

Sitio oficial de la película Loreak

Todos hemos visto alguna vez flores que recuerdan la pérdida de vidas en la carretera. También llevamos flores a nuestros seres queridos en el cementerio como homenaje a su memoria. E, incluso, se las enviamos a seres vivos para recordarles que no les olvidamos y, al mismo tiempo, para que no nos olviden y nos tengan presentes. La película Loreak, de Jon Garaño y José Mari Goenaga, narra una de esas historias en la que las flores simbolizan el recuerdo de una persona desaparecida. Y no se trata sólo de mantener la memoria como si fuera una reliquia, un residuo o un resto arqueológico, sino de cómo su influencia sigue produciendo significados en el presente de los vivos. Sí, muchas veces, hemos visto flores en la carretera y, aunque no conociéramos a la persona que perdió allí la vida, la simple visión de esas flores nos ha hecho imaginar cómo sería esa existencia perdida. Y esa imaginación ya no es memoria, sino novedad, una experiencia nueva y original que se nos suscita a través de unas flores como símbolo de la memoria.

¿Prestamos más atención a la memoria de las piedras que a la de las personas?

Visitamos y conservamos castillos, murallas, catedrales y puentes. Los admiramos y les damos valor, porque nos hablan del pasado. Reconstruimos relatos de otras épocas a través de la literatura y del cine. Las novelas y las series históricas nos gustan, porque nos hablan del pasado.

Y, sin embargo, no prestamos tanta atención a las personas que nos pueden hablar, de primera mano y con mayor riqueza, de nuestro pasado cercano. ¿Por qué prestamos más atención a las cosas que a las personas? ¿por qué utilizamos el pasado como entretenimiento y despreciamos un relato verdadero de sus emociones y motivaciones?

En el blog http://www.aitorurrutia.eu hay un interesante post sobre la promoción de la transmisión del patrimonio cultural y social de las personas mayores a las nuevas generaciones. Especialmente interesante es el video con la disertación del profesor Imanol Zubero sobre

a) la dificultad de la transmisión, porque vivimos en una sociedad aceleradísima que mira siempre hacia adelante y poco hacia atrás.

b) la necesidad de transmitir, porque, si no, la sociedad no funcionaria; y

c) las posibilidades de transmisión.

http://www.aitorurrutia.eu/2014/11/iii-encuentros-intergeneracionales-hartu-emanak/#comment-3292

Viejas memorias, nuevas vidas

Dicen que pronto podremos guardar toda nuestra memoria en soporte digital y que ese puede ser el primer paso para la inmortalidad. Mientras tanto, sigue habiendo formas de atesorar nuestros recuerdos y hacer que sus significados crezcan en el futuro.

Un proyecto que tiene como fondo cuidar la memoria y conservar la historia de todas las familias